Trabajo Infantil: La niñez ultrajada

Por Walter Martello, Defensor del Pueblo Adjunto de BA

Como todos los años este 12 de Junio se conmemoró el “Día Mundial de Lucha contra el Trabajo Infantil”. Cuando se obliga al niño a trabajar, se le está cercenando la posibilidad de disfrutar de una infancia plena y con derechos.

1 de cada 10 niños menores de entre 5 y 15 años trabajan, el 9,4% total de la población de esa edad.

Son aproximadamente 800.000 niños, de los cuales  según el INDEC, realizan “trabajo infantil peligroso” (TIP), 538.871, de los cuales casi 120.000 son del ambieto rural y 421.424 son del ambito uerbano.

291.671 niños y niñas realizan actividades domésticas intensivas.

471.873 realizan actividades para el mercado y/o de autoconsumo.

A su vez 244.077 desempeñan ocupaciones peligrosas.

Los chicos que están expuestos al trabajo pueden sufrir una crisis moral y mental que lo terminará afectando para el resto de su vida, siendo prácticamente irreversibles las consecuencias negativas que esto produce.

Por ello es preciso que entendamos que el trabajo infantil es negarles la oportunidad de ser niños, es quitarles una etapa de estructuración mediante lo lúdico, para exigirles responsabilidades.

¿Cómo los afecta? Si bien el déficit escolar es elevado en la población adolescente en general, esta problemática es aún más preocupante entre quienes trabajan. En efecto, del total de esta población, el 40% no asiste a la escuela y cerca de un tercio de quienes asisten lo hacen en situación de sobreedad.

En la Argentina, el trabajo en niños menores de 16 años está prohibido y el tiempo de trabajo en adolescentes está regulado, porque los expone a no poder ejercer su derecho a la educación, que actualmente es obligatoria hasta la finalización del ciclo secundario.

La República Argentina mantiene una postura de prevención y erradicación: “Trabajo infantil es toda actividad económica o estrategia de supervivencia, remunerada o no, realizada por niñas y niños que o no tienen la edad mínima de admisión al empleo, o bien no han finalizado la escolaridad obligatoria o no han cumplido los 18 años si se trata de trabajo peligroso”, pero vislumbramos que la problemática se acentúa y que el estado no garantiza los derechos de los niños.

Entre los jóvenes que trabajan, un 13,5% lo hace de forma intensa con jornadas laborales que superan las 36 horas semanales y un 6% realiza trabajo nocturno. Cuestiones, ambas, que violan los requisitos que protegen el trabajo adolescente permitido.

Si bien el 81,3% de los preadolescentes de 14 y 15 años que trabajan asisten a la escuela, se comprueba que la inserción laboral de esta población condiciona la asistencia y/o permanencia en el nivel secundario. Por su parte, la sobreedad en el sistema educativo también está presente en mayor medida entre quienes trabajan, alcanzando a casi un tercio de esta población.

Las estrategias de erradicación del trabajo infantil requieren considerar los múltiples aspectos relacionados. En la actualidad, para algunas juventudes la escuela no representa un vehículo de movilidad social y el trabajo precario representa un medio de integración en el marco de la reproducción intergeneracional de la pobreza.

Erradicar el trabajo infantil es una de las metas con que se ha comprometido el Estado argentino. La obligatoriedad de la educación secundaria seguramente ayudará a producir sinergia entre las acciones del campo educativo y las políticas de erradicación del trabajo infantil en la población adolescente, que es la más comprometida en términos de su magnitud con este problema. Está claro que la solución no es única y se requiere de la asociación de muchos sectores, entre los cuales podrían jugar un papel destacado los gobiernos locales y la ciudadanía informada y sensibilizada con el problema.

Por todo esto, entendemos que, como el trabajo infantil no es producto de una sola causa, tampoco la solución la encontraremos en una única dirección. La premisa es seguir avanzando en visibilizar la problemática, en proteger los derechos de los niños y, fundamentalmente, en mejorar su educación. Para ello, nos encontramos trabajando en forma articulada, de manera horizontal, entre los diferentes organismos del gobierno y con los organismos internacionales. Sólo así podremos atacar de manera efectiva y abarcativa un problema que duele y afecta el futuro de la sociedad.